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La noción de desarrollo humano integral presupone coordinadas precisas como la como la subsidiariedad y la solidaridad.

publicado a la‎(s)‎ 6 jun. 2010 11:39 por Tomás Moro

Ciudad del Vaticano, Mayo 2010 .- “La noción de desarrollo humano integral presupone coordinadas precisas, como la como la subsidiariedad y la solidaridad, además de la interdependencia entre Estado, sociedad y mercado. En una sociedad mundial, compuesta de muchos pueblos y de diversas religiones, el bien común y el desarrollo integral se consiguen con el aporte de todos. En ello, las religiones son decisivas, por ejemplo cuando enseñan la fraternidad y la paz, pues educan a dar espacio a Dios y a estar abiertos a lo trascendente, en nuestras sociedades marcadas por la secularización”. Lo destacó el Papa Benedicto XVI al recibir en audiencia, el 22 de mayo, a los participantes en el Convenio promovido por la Fundación “Centesimus Annus-Pro Pontifice” sobre la relación entre “desarrollo, progreso y bien común”.


“El bien común es la finalidad que da sentido al progreso y al desarrollo - afirmó el Papa-, los cuales de otra manera se limitarían a la simple producción de bienes materiales; estos son necesarios, pero sin la orientación al bien común terminan prevaleciendo el consumismo, el desperdicio, la pobreza y los desequilibrios; factores negativos para el progreso y el desarrollo”. Benedicto XVI puso luego evidencia la importancia fundamental que tiene identificar “aquellos bienes a los que todos los pueblos deben tener acceso con vistas a su pleno desarrollo humano”, recordando cómo “el bien común está compuesto de diversos bienes: desde aquellos materiales, cognitivos o institucionales, a aquellos materiales y morales, a los que deben estar subordinados porque son bienes superiores”.

Con vistas en el desarrollo de la entera familia humana, “es fundamental y prioritario”, fueron las palabras del Santo Padre, esforzarse por reconocer la verdadera escala de los bienes-valores: “sólo gracias a una correcta jerarquía de los bienes humanos es posible comprender qué tipo de desarrollo se debe promover.

El desarrollo integral de los pueblos, objetivo central del bien común universal, no es producto solamente de la difusión del mundo empresarial, o de los bienes materiales y cognitivos como el hogar y la instrucción. Es producto más bien de las buenas decisiones que son posibles cuando existe la noción de un bien humano integral, cuando hay un telos, un fin, a la luz del cual se piensa y se busca el desarrollo”.

De la vida como posesión a la vida como don.

publicado a la‎(s)‎ 23 may. 2010 12:11 por Tomás Moro   [ actualizado el 23 may. 2010 12:17 ]

 
Mayo, 2010.- Venerados cardenales; venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio; amados hermanos y hermanas en el Señor; queridos peregrinos de Fátima:

Dice Jesús: «Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3). Para entrar en el Reino hemos de hacernos humildes, cada vez más humildes y pequeños, lo más pequeños posible: este es el secreto de la vida mística. La verdadera vida espiritual comienza con un auténtico acto de humildad, renunciando a la difícil posición de sentirse siempre el centro del universo y abandonándose en los brazos del misterio de Dios, con alma de niño.

En los brazos del misterio de Dios. En él no hay sólo potencia, ciencia y majestad; hay también infancia, inocencia y ternura infinita, porque él es Padre, infinitamente Padre. No lo sabíamos antes, ni podíamos saberlo; fue necesario que enviase a su Hijo para que lo descubriésemos. El Hijo se hizo niño y, de esta manera, pudo decirnos que nos hiciéramos niños para entrar en su reino. Siendo Dios de infinita grandeza, se ha hecho tan pequeño y humilde ante nosotros, que solamente los ojos de la fe y de los sencillos lo pueden reconocer (cf. Mt 11, 25). Así, ha puesto en cuestión el instinto natural de protagonismo que reina en nosotros: «Ser como Dios» (cf. Gn 3, 5). Pues bien, Dios apareció en la tierra como niño. Ahora sabemos cómo es Dios: es un niño. Teníamos que verlo para creerlo. Ha aprovechado nuestra imperiosa necesidad de sobresalir, pero ha cambiado su objetivo, proponiéndonos ponerla al servicio del amor; sobresalir sí, pero como el más pacífico, indulgente, generoso y servicial de todos: el siervo y el último de todos.

Hermanos y hermanas, esta es «la sabiduría que viene de arriba» (cf. St 3, 17). En cambio, la «sabiduría» del mundo alaba el éxito personal y lo busca a toda costa, quitando de en medio sin miramientos a quien obstaculiza la propia superioridad. A esto llaman vida, pero el rastro de muerte que deja lo contradice. «El que odia a su hermano —lo hemos escuchado en la segunda lectura— es un homicida. Y sabéis que ningún homicida lleva en sí la vida eterna» (1 Jn 3, 15). Solamente quien ama al hermano posee en sí la vida eterna, es decir, la presencia de Dios, el cual, por medio del Espíritu, comunica al creyente su amor y lo hace partícipe del misterio de la vida trinitaria. En efecto, así como un emigrante en un país extranjero, aunque se adapte a la nueva situación, conserva —al menos en el corazón— las leyes y las costumbres de su pueblo, así también, cuando Jesús vino a la tierra, trajo consigo, como peregrino de la Trinidad, el modo de vivir de su patria celestial, que «expresa humanamente las costumbres divinas de la Trinidad» (Catecismo de la Iglesia católica, n. 470). En el Bautismo, cada uno de nosotros ha renunciado a la «sabiduría» del mundo y se ha convertido a la «sabiduría de arriba», manifestada en Cristo Jesús, Maestro incomparable en el arte de amar (cf. 1 Jn 3, 16). Jesús dijo que dar la vida por el hermano es el culmen del amor (cf. Jn 15, 13); lo dijo y lo hizo, mandándonos amar como él (cf. Jn 15, 12). El gran desafío es pasar de considerar la vida como posesión a verla como don, y aquí se nos revela —a nosotros mismos y a los demás— quiénes somos y quiénes queremos ser.
 

 A veces, nos quejamos de la marginación del cristianismo en la sociedad actual, de la dificultad para trasmitir la fe a los jóvenes, de la disminución de las vocaciones sacerdotales y religiosas... y se podrían añadir otros motivos de preocupación; de hecho, no es extraño que nos sintamos perdedores a los ojos del mundo. Sin embargo, la aventura de la esperanza va más allá. Nos dice que el mundo es de quien más lo ama y mejor se lo demuestra. En el corazón de toda persona hay una sed infinita de amor; y nosotros, con el amor que Dios derrama en nuestro corazón (cf. Rm 5, 5), podemos saciarla.

El amor fraterno y gratuito es el mandamiento y la misión que el divino Maestro nos ha dejado, capaz de convencer a nuestros hermanos y hermanas en humanidad: «La señal por la que conocerán que sois discípulos míos será que os amáis unos a otros» (Jn 13, 35). A veces, nos quejamos de la marginación del cristianismo en la sociedad actual, de la dificultad para trasmitir la fe a los jóvenes, de la disminución de las vocaciones sacerdotales y religiosas... y se podrían añadir otros motivos de preocupación; de hecho, no es extraño que nos sintamos perdedores a los ojos del mundo. Sin embargo, la aventura de la esperanza va más allá. Nos dice que el mundo es de quien más lo ama y mejor se lo demuestra. En el corazón de toda persona hay una sed infinita de amor; y nosotros, con el amor que Dios derrama en nuestro corazón (cf. Rm 5, 5), podemos saciarla. Naturalmente, nuestro amor debe expresarse no «de palabra y de boca, sino de verdad y con obras», respondiendo con alegría y generosidad con nuestros bienes a las necesidades de los indigentes (cf. 1 Jn 3, 16-18).

Queridos peregrinos y cuantos me escucháis, «compartid con alegría, como Jacinta». Así reza el lema que este santuario ha querido recalcar en el centenario del nacimiento de la vidente privilegiada de Fátima. En este mismo lugar, hace diez años, el venerable siervo de Dios Juan Pablo ii la elevó a la gloria de los altares junto con su hermano Francisco; recorrieron en poco tiempo la larga marcha hacia la santidad, guiados y sostenidos por las manos de la Virgen María. Son dos frutos maduros del árbol de la cruz del Salvador. Al verlos, nos damos cuenta de que esta es la estación de los frutos..., frutos de santidad. Viejo tronco lusitano de savia cristiana, con las ramas extendidas hacia otros mundos y allí enterradas como brotes de nuevos pueblos cristianos, la Reina del cielo ha plantado en ti su pie —pie victorioso que aplasta la cabeza de la serpiente embaucadora (cf. Gn 3, 15)— para buscar a los pequeños del reino de los cielos. Fortalecidos por la oración de la Vigilia de esta noche y con los ojos atentos a la gloria de los beatos Francisco y Jacinta, aceptad el reto de Jesús: «Si no volvéis a ser como niños, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 18, 3). Para personas carcomidas por el orgullo como nosotros, no es fácil hacerse niños. Por eso, Jesús nos advierte duramente: «No entraréis». No hay alternativa. Portugal, no te resignes a formas de pensar y de vivir que no tengan futuro, al no apoyarse sobre la certeza firme de la Palabra de Dios, del Evangelio. «¡No temas! El Evangelio no está contra ti, sino en tu favor... En el Evangelio, que es Jesús, encontrarás la esperanza firme y duradera a la que aspiras. Es una esperanza fundada en la victoria de Cristo sobre el pecado y sobre la muerte. Él ha querido que esta victoria sea para tu salvación y tu gozo» (Juan Pablo ii, Ecclesia in Europa, 121).

La primera lectura nos muestra cómo Samuel encontró guía en el sumo sacerdote Elí. Este demuestra, en su relación con el muchacho, toda la prudencia que se requiere para la tarea del verdadero educador, pues es capaz de intuir el tipo de experiencia profunda que Samuel está viviendo. Nadie puede decidir sobre la vocación de otro; por eso, Elí orienta a Samuel a la escucha dócil de la Palabra de Dios: «Habla, Señor, que tu siervo escucha» (1 S 3, 10). En cierto modo, podemos leer desde esta misma perspectiva la visita del Santo Padre, que se desarrolla bajo el lema: «¡Papa Benedicto XVI, contigo caminamos en la esperanza!». Son palabras que expresan tanto una común confesión de fe y manifestación de adhesión a la Iglesia a través de su fundamento visible que es Pedro, como un aprendizaje personal de confianza y de lealtad con relación a la guía paterna y sabia de aquel que el Cielo ha elegido para indicar a la humanidad de este tiempo el camino seguro para alcanzarlo. Santo Padre, «contigo caminamos en la esperanza». Contigo aprendemos a distinguir entre la gran Esperanza y las esperanzas pequeñas y siempre limitadas como nosotros. Cuando, rodeados de la decepción general de quienes se quedan en las pequeñas esperanzas, sintamos la alternativa de Jesús, la gran Esperanza: «¿También vosotros queréis marcharos?», fortalécenos tú, Pedro, con tu palabra de siempre: «Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros creemos. Y sabemos que tú eres el Santo, consagrado por Dios» (Jn 6, 68-69). Verdaderamente —nos recuerda el Pedro de hoy, el Papa Benedicto XVI—, «quien no conoce a Dios, aunque tenga múltiples esperanzas, en el fondo está sin esperanza, sin la gran esperanza que sostiene toda la vida (cf. Ef 2, 12). La verdadera, la gran esperanza del hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y que nos sigue amando “hasta el extremo”, “hasta el total cumplimiento” (cf. Jn 13, 1; 19, 30)» (Spe salvi, 27).

Queridos peregrinos de Fátima, que el cielo sea siempre el horizonte de vuestra vida. Si os dicen que el cielo puede esperar, os engañan... La voz que viene del cielo no es como estas voces, semejantes a la legendaria sirena embaucadora, que dormía a sus víctimas antes de arrojarlas al abismo. Desde hace dos mil años, comenzando por Galilea y hasta los confines de la tierra, resuena la voz del Hijo de Dios que dice: «Se ha cumplido el plazo, está cerca el reino de Dios. Convertíos y creed en el Evangelio» (Mc 1, 15). Fátima nos recuerda que el cielo no puede esperar. Por eso, pidamos con confianza filial a Nuestra Señora que nos enseñe a traer el cielo a la tierra: ¡Oh, Virgen María, enséñanos a creer, adorar, esperar y amar contigo! Indícanos el camino hacia el reino de Jesús, la vía de la infancia espiritual. Tú, Estrella de la esperanza, que anhelante nos esperas en la luz sin ocaso de la patria celestial, brilla sobre nosotros y guíanos en las vicisitudes de cada día, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

Propuesta creativa de la Iglesia para afrontar la crisis.

publicado a la‎(s)‎ 23 may. 2010 12:06 por Tomás Moro   [ actualizado el 23 may. 2010 12:19 ]

Texto completo del discurso de Benedicto XVI a las organizaciones de acción social y caritativa de Portugal, en la iglesia de la Santísima Trinidad en Fátima.

Fátima, Mayo de 2010.
Queridísimos hermanos y amigos

Habéis oído que Jesús dijo: “Anda, haz tu lo mismo” (Lc 10,37). Él nos invita a hacer nuestro el estilo del buen samaritano, cuyo ejemplo se acaba de proclamar, que se acerca a las situaciones en las que falta la ayuda fraterna. Y, ¿cuál es este estilo? “Es un «corazón que ve». Este corazón ve dónde se necesita amor y actúa en consecuencia” (Enc. Deus caritas est, 31). Así hizo el buen samaritano. Jesús no se limita a exhortar; como enseñan los Santos Padres, Él mismo es el Buen Samaritano, que se acerca a todo hombre y “cura sus heridas con el aceite del consuelo y el vino de la esperanza” (Prefacio común, VIII) y lo lleva a la posada, que es la Iglesia, donde hace que lo cuiden, confiándolo a sus ministros y pagando personalmente de antemano lo necesario para su curación. “Anda, haz tu lo mismo”. El amor incondicional de Jesús que nos ha curado, deberá ahora, si queremos vivir con un corazón de buen samaritano, transformarse en un amor ofrecido gratuita y generosamente, mediante la justicia y la caridad.

Me complace encontrarme con vosotros en este lugar bendito, que Dios se eligió para recordar, por medio de Nuestra Señora, sus designios de amor misericordioso a la humanidad. Saludo con gran afecto a todos los aquí presentes, así como a las instituciones de las que forman parte, en la variedad de rostros unidos para profundizar en las cuestiones sociales y, sobre todo, en la práctica de la compasión hacia los pobres, los enfermos, los encarcelados, los que viven solos o abandonados, los discapacitados, los niños y ancianos, los emigrantes, los desempleados y quienes sufren necesidades que perturban su dignidad de personas libres. Gracias, Monseñor Carlos Azevedo, por el gesto de comunión y fidelidad a la Iglesia y al Papa, que ha querido ofrecerme, tanto en nombre de esta asamblea de la caridad, como de la Comisión Episcopal de Pastoral Social, que preside, y que no cesa de animar esta gran siembra de buenas obras en todo Portugal. Conscientes de que, como Iglesia, no podemos brindar soluciones prácticas a cada problema concreto y, aunque desprovistos de todo tipo de poder, determinados a servir el bien común, estad dispuestos a ayudar y ofrecer los medios de salvación a todos.


 “El actual escenario de la historia es de crisis socioeconómica, cultural y espiritual, y pone de manifiesto la conveniencia de un discernimiento orientado por la propuesta creativa del mensaje social de la Iglesia. El estudio de su Doctrina Social, que asume la caridad como principio y fuerza principal, permitirá trazar un proceso de desarrollo humano integral que implique la profundidad del corazón y alcance una mayor humanización de la sociedad. No se trata de un mero conocimiento intelectual, sino de una sabiduría que dé sabor y condimento, que ofrezca creatividad a las vías teóricas y prácticas para afrontar una crisis tan amplia y compleja”.

Queridos hermanos y hermanas que trabajáis en el vasto mundo de la caridad, Cristo “nos revela que «Dios es amor» (1 Jn 4,8) y al mismo tiempo nos enseña que la ley fundamental de la perfección humana, y por ello de la transformación del mundo, es el mandamiento nuevo del amor. Así pues, a los que creen en la caridad divina, les da la certeza de que el camino del amor está abierto a todos los hombres” (Gaudium et spes, 38). El actual escenario de la historia es de crisis socioeconómica, cultural y espiritual, y pone de manifiesto la conveniencia de un discernimiento orientado por la propuesta creativa del mensaje social de la Iglesia. El estudio de su Doctrina Social, que asume la caridad como principio y fuerza principal, permitirá trazar un proceso de desarrollo humano integral que implique la profundidad del corazón y alcance una mayor humanización de la sociedad (cf. Enc. Caritas in veritate, 20). No se trata de un mero conocimiento intelectual, sino de una sabiduría que dé sabor y condimento, que ofrezca creatividad a las vías teóricas y prácticas para afrontar una crisis tan amplia y compleja. Que las instituciones de la Iglesia, junto con todas las organizaciones no eclesiales, mejoren la capacidad de conocimiento y orientación para una nueva y grandiosa dinámica, que lleve a “esa «civilización del amor», de la cual Dios ha puesto la semilla en cada pueblo y en cada cultura” (ibíd., 33).

En su dimensión social y política, esta diaconía de la caridad es propia de los fieles laicos, llamados a promover orgánicamente el bien común, la justicia y a configurar rectamente la vida social (cf. Enc. Deus caritas est, 29). Una de las conclusiones pastorales de vuestras recientes reflexiones, es la de formar una nueva generación de dirigentes servidores. Atraer nuevos agentes laicos a este ámbito pastoral, merecerá ciertamente una especial solicitud por parte de los Pastores, atentos al porvenir. Quien aprende de Dios Amor será inevitablemente una persona para los demás. En efecto, “el amor de Dios se manifiesta en la responsabilidad por el otro” (Enc. Spe salvi, 28). Unidos a Cristo en su consagración al Padre, participamos de su compasión por las muchedumbres que reclaman justicia y solidaridad y, como el buen samaritano de la parábola, nos comprometemos a ofrecer respuestas concretas y generosas.

Con frecuencia, sin embargo, no es fácil lograr una síntesis satisfactoria entre la vida espiritual y la actividad apostólica. La presión ejercida por la cultura dominante, que presenta insistentemente un estilo de vida basado en la ley del más fuerte, en el lucro fácil y seductor, acaba por influir en nuestro modo de pensar, en nuestros proyectos y en el horizonte de nuestro servicio, con el riesgo de vaciarlos de aquella motivación de fe y esperanza cristiana que los había suscitado. Las numerosas e insistentes peticiones de ayuda y atención que nos presentan los pobres y marginados de la sociedad nos impulsan a buscar soluciones que respondan a la lógica de la eficacia, del resultado visible y de la publicidad. Queridos hermanos, la mencionada síntesis, sin embargo, es absolutamente necesaria para poder servir a Cristo en la humanidad que os espera. En este mundo dividido, se impone a todos una profunda y genuina unidad de corazón, de espíritu y de acción.
 
Entre tantas instituciones sociales al servicio del bien común, cercanas a las poblaciones necesitadas, se hallan las de la Iglesia católica. Es preciso que esté clara su orientación, para que tengan una identidad bien definida: en la inspiración de sus objetivos, en la elección de sus recursos humanos, en los métodos de actuación, en la calidad de sus servicios, en la gestión seria y eficaz de los medios. La identidad nítida de las instituciones es un servicio real, con grandes ventajas para los que se benefician de ellas. Además de la identidad y unido a ella, un elemento fundamental de la actividad caritativa cristiana es su autonomía e independencia de la política y de las ideologías (cf. Enc. Deus caritas est, 31 b), si bien en colaboración con los organismos del Estado para alcanzar fines comunes.

Vuestras actividades asistenciales, educativas o caritativas han de completarse con proyectos de libertad que promuevan al ser humano, buscando la fraternidad universal. Aquí se sitúa el compromiso urgente de los cristianos en la defensa de los derechos humanos, preocupados por la totalidad de la persona humana en sus diversas dimensiones. Expreso mi profundo reconocimiento a todas las iniciativas sociales y pastorales que tratan de luchar contra los mecanismos socio-económicos y culturales que favorecen el aborto; y también a las que fomentan la defensa de la vida, así como la reconciliación y atención a las personas heridas por el drama del aborto. Las iniciativas que tienden a salvaguardar los valores esenciales y primarios de la vida, desde su concepción, y de la familia, fundada en el matrimonio indisoluble entre un hombre y una mujer, ayudan a responder a algunos de los desafíos más insidiosos y peligrosos que hoy se presentan al bien común. Dichas iniciativas, junto a otras muchas formas de compromiso, son elementos esenciales para la construcción de la civilización del amor.

Todo esto está muy en sintonía con el mensaje de Nuestra Señora, que resuena en este lugar: la penitencia, la oración, el perdón en aras de la conversión de los corazones. Éste es el camino para edificar dicha civilización del amor, cuyas semillas puso Dios en el corazón de cada hombre y que la fe en Cristo salvador hace germinar.

Audiencia al Tribunal de la Rota Romana.

publicado a la‎(s)‎ 31 ene. 2010 13:13 por Tomás Moro   [ actualizado el 31 ene. 2010 13:29 ]

Discurso pronunciado el 29 de enero de 2010, por el Papa ante los miembros del Tribunal de la Rota Romana, a quienes recibió en audiencia en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, con motivo de la inauguración del Año Judicial.

¡Queridos Componentes del Tribunal de la Rota Romana!

Estoy contento de encontraros una vez más para la inauguración del Año Judicial. Saludo cordialmente al Colegio de los Prelados Auditores, comenzando por su Decano, monseñor Antoni Stankiewicz, a quien agradezco las palabras que me ha dirigido en nombre de los presentes. Extiendo mi saludo a los Promotores de Justicia, a los Defensores del Vínculo, a los demás Oficiales, a los Abogados y a todos los Colaboradores de este Tribunal Apostólico, como también a los Miembros del Estudio de la Rota. Aprovecho con gusto la ocasión para renovaros la expresión de mi profunda estima y de mi sincera gratitud por vuestro ministerio eclesial, reafirmando, al mismo tiempo, la necesidad de vuestra actividad judicial. El precioso trabajo que los Prelados Auditores están llamados a desempeñar con diligencia, en nombre y por mandato de esta Sede Apostólica, está apoyado por las autorizadas y consolidadas tradiciones de este Tribunal, a cuyo respeto cada uno de vosotros debe sentirse personalmente comprometido.

“La caridad no puede oponerse a la verdad” en los procesos de nulidad
Hoy deseo detenerme en el núcleo esencial de vuestro ministerio, intentando profundizar sus relaciones con la justicia, la caridad y la verdad. Haré referencia sobre todo a algunas consideraciones expuestas en la Encíclica Caritas in veritate, las cuales, aun estando consideradas en el contexto de la doctrina social de la Iglesia, pueden iluminar también otros ámbitos eclesiales. Es necesario ser conscientes de la difundida y arraigada tendencia, aunque no siempre manifiesta, que lleva a contraponer la justicia a la caridad, casi excluyendo la una a la otra. En esta línea, refiriéndose más específicamente a la vida de la Iglesia, algunos consideran que la caridad pastoral podría justificar cualquier paso hacia la declaración de la nulidad del vínculo matrimonial para salir al encuentro de las personas que se encuentran en situación matrimonial irregular. La misma verdad, aún invocada en palabras, tendería así a ser vista desde una óptica instrumental, que la adaptaría de vez en vez a las diversas exigencias que se presentan.

Partiendo de la expresión “administración de la justicia”, quisiera recordaros ante todo que vuestro ministerio es esencialmente obra de justicia: una virtud – “que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido” (CCC, n. 1807) – de la cual es muy importante redescubrir el valor humano y cristiano, también dentro de la Iglesia. El Derecho Canónico, a veces, es subestimado, como si fuese un mero instrumento técnico al servicio de cualquier interés subjetivo, aunque no fundado en la verdad. Es necesario en cambio que este Derecho sea siempre considerado en su relación esencial con la justicia, con la conciencia de que en la Iglesia la actividad jurídica tiene como fin la salvación de las almas y “constituye una peculiar participación en la misión de Cristo Pastor... al realizar el orden querido por el mismo Cristo” (Juan Pablo II, Alocución a la Rota Romana, 18 de enero de 1990, en AAS 82 [1990], p. 874, n.4). En esta perspectiva hay que tener presente, sea cual sea la situación, que el proceso y la sentencia están vinculados de modo fundamental a la justicia y se ponen a su servicio. El proceso y la sentencia tienen una gran relevancia tanto para las partes como para la entera comunidad eclesial, y esto adquiere un valor totalmente singular cuando se trata de pronunciarse sobre la nulidad de un matrimonio, el cual afecta directamente al bien humano y sobrenatural de los cónyuges, además de al bien público de la Iglesia. Además de esta dimensión, que podríamos definir como “objetiva” de la justicia, existe también otra, inseparable de ella, que afecta a los “operadores del derecho”, es decir, a aquellos que la hacen posible. Quisiera subrayar que éstos deben caracterizarse por un alto ejercicio de las virtudes humanas y cristianas, en particular de la prudencia y de la justicia, pero también de la fortaleza. Esta última se hace más relevante cuando la injusticia parece el camino más fácil a seguir, en cuanto que implica la condescendencia a los deseos y las expectativas de las partes, o también a los condicionamientos del ambiente social. En este contexto, el juez que desea ser justo y quiere adecuarse al paradigma clásico de la “justicia viviente” (cfr Aristóteles, Etica nicomachea, V, 1132a), experimenta la grave responsabilidad ante Dios y ante los hombres de su función, que incluye también la debida puntualidad en cada fase del proceso: “quam primum, salva iustitia” (Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, Instr. Dignitas connubii, art. 72). Todos aquellos que trabajan en el campo del Derecho, cada uno según su propia función, deben ser guiados por la justicia. Pienso en particular en los abogados, los cuales deben no solo poner toda la atención en el respeto de la verdad de las pruebas, sino también evitar con cuidado el asumir, como asesores jurídicos, el patrocinio de causas que, según su conciencia, no sean objetivamente sostenibles.

La acción, además, de quien administra la justicia no puede prescindir de la caridad. El amor hacia Dios y hacia el prójimo debe informar toda actividad, también la aparentemente más técnica y burocrática. La mirada y la medida de la caridad ayudará a no olvidar que se está siempre ante personas marcadas por problemas y por sufrimientos. También en el ámbito específico del servicio de operadores de la justicia vale el principio según el cual “la caridad excede a la justicia" (Enc. Caritas in veritate, n. 6). En consecuencia, la aproximación a las personas, aún teniendo una modalidad específica ligada al proceso, debe sumergirse en el caso concreto para facilitar a las partes, mediante la delicadeza y la solicitud, el contacto con el tribunal competente. Al mismo tiempo, es importante trabajar activamente cada vez que se entrevea una esperanza de éxito, para alentar a los cónyuges a convalidar eventualmente el matrimonio y restablecer la convivencia conyugal (cfr CIC, can. 1676). No debe, además, descuidarse el esfuerzo de instaurar entre las partes un clima de disponibilidad humana y cristiana, fundada sobre la búsqueda de la verdad (cfr Instr. Dignitas connubii, art. 65 §§ 2-3).

Con todo es oportuno reafirmar que toda obra de auténtica caridad comprende la referencia indispensable a la justicia, tanto más en nuestro caso. “El amor – caritas – es una fuerza extraordinaria, que empuja a las personas a comprometerse con valor y generosidad en el campo de la justicia y de la paz” (Enc. Caritas in veritate, n. 1 ). "Quien ama con caridad a los demás es ante todo justo hacia ellos. No sólo la justicia no es extraña a la caridad, no sólo no es una vía alternativa o paralela a la caridad: la justicia es 'inseparable de la caridad', intrínseca a ella" (Ibid., n. 6). La caridad sin justicia no es tal, sino solo una falsificación, porque la misma caridad requiere esa objetividad típica de la justicia, que no debe confundirse con la frialdad inhumana. Al respecto, como afirmó mi Predecesor, el venerable Juan Pablo II, en la alocución dedicada a las relaciones entre pastoral y derecho: “el juez […] debe siempre precaverse del riesgo de una malentendida compasión que acabaría en sentimentalismo, solo aparentemente pastoral" (18 de enero de 1990, en AAS, 82 [1990], p. 875, n. 5).

Es necesario eludir los requerimientos pseudopastorales que sitúan las cuestiones sobre un plano meramente horizontal, en el que lo que cuenta es satisfacer las reclamaciones subjetivas para llevar a toda costa a la declaración de nulidad, con el fin de poder superar, entre otras cosas, los obstáculos a la recepción de los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. El bien altísimo de la readmisión a la Comunión eucarística tras la reconciliación sacramental, exige en cambio considerar el auténtico bien de las personas, inseparable de la verdad de su situación canónica. Sería un bien ficticio, y una grave falta de justicia y de amor, allanarles el camino hacia la recepción de los sacramentos, con el peligro de hacerles vivir en contraste objetivo con la verdad de su propia condición personal.

Sobre la verdad, en las alocuciones dirigidas a este Tribunal Apostólico, en 2006 y en 2007, reafirmé la posibilidad de alcanzar la verdad sobre la esencia del matrimonio y sobre la realidad de cada situación personal que viene sometida al juicio del tribunal (28 de enero de 2006, en AAS 98 [2006], pp. 135-138; y 27 de enero de 2007, en AAS 99 [2007], pp. 86-91; como también sobre la verdad en los procesos matrimoniales (cfr Instr. Dignitas connubii, artt. 65 §§ 1-2, 95 § 1, 167, 177, 178). Quisiera hoy subrayar cómo tanto la justicia como la caridad postulan el amor a la verdad y comportan esencialmente la búsqueda de la verdad. El particular, la caridad hace la referencia a la verdad aún más exigente. “Defender la verdad, proponerla con humildad y convicción y testimoniarla en la vida son por tanto formas exigentes e insustituibles de caridad. Esta, de hecho, “se complace de la verdad” (1 Cor 13, 6)" (Enc. Caritas in veritate, n. 1). "Solo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente […]. Sin verdad, la caridad deriva hacia el sentimentalismo. El amor se convierte en una cáscara vacía, que llenar arbitrariamente. Es el fatal riesgo del amor en una cultura sin verdad. Este cae presa de las emociones y de las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra abusada y distorsionada, hasta significar lo contrario" (Ibid., n. 3).

Es necesario tener presente que un vaciamiento semejante puede verificarse no sólo en la actividad práctica de juzgar, sino también en las premisas teóricas, que tanto influyen después sobre los juicios concretos. El problema se plantea cuando viene más o menos oscurecida la esencia misma del matrimonio, arraigada en la naturaleza del hombre y de la mujer, que consiente expresar juicios objetivos sobre el matrimonio concreto. En este sentido la consideración existencial, personalista y relacional de la unión conyugal no puede hacerse nunca a despecho de la indisolubilidad, propiedad esencial que en el matrimonio cristiano persigue, con la unidad, una peculiar estabilidad en razón del sacramento (cfr CIC, can. 1056). No debe, por otro lado, olvidarse que el matrimonio goza del favor del derecho. Por tanto, en caso de duda, se debe considerar válido mientras no se pruebe lo contrario (cfr CIC, can. 1060). De lo contrario, se corre el grave riesgo de quedarse sin un punto de referencia objetivo para los pronunciamientos sobre la nulidad, transformando cada dificultad conyugal en un síntoma de no realización de una unión cuyo núcleo esencial de justicia - el vínculo indisoluble – es negado de hecho.

Ilustres Prelados Auditores, Oficiales y Abogados, os confío estas reflexiones, conociendo bien el espíritu de fidelidad que os anima y el compromiso que profundizáis al dar plena realización a las normas de la Iglesia, en la búsqueda del verdadero bien del Pueblo de Dios. Para aliento de vuestra preciosa actividad, invoco sobre cada uno de vosotros y sobre vuestro trabajo cotidiano la protección maternal de María Santísima Speculum iustitiae e imparto con afecto la Bendición Apostólica.


El verdadero Francisco histórico es el Francisco de la Iglesia

publicado a la‎(s)‎ 31 ene. 2010 12:54 por Tomás Moro   [ actualizado el 31 ene. 2010 13:07 ]

Catequesis del Santo Padre en la audiencia general del miércoles 27 de enero de 2010.
 
Queridos hermanos y hermanas: 
 
En una catequesis reciente ilustré ya el papel providencial que tuvieron la Orden de los Frailes Menores y la Orden de los Frailes Predicadores, fundadas respectivamente por san Francisco de Asís y por santo Domingo de Guzmán, en la renovación de la Iglesia de su tiempo. Hoy quiero presentaros la figura de san Francisco, un auténtico "gigante" de la santidad, que sigue fascinando a numerosísimas personas de todas las edades y religiones.

"Nacióle un sol al mundo". Con estas palabras, el sumo poeta italiano Dante Alighieri alude en la Divina Comedia (Paraíso, Canto xi) al nacimiento de Francisco, que tuvo lugar a finales de 1181 o a principios de 1182, en Asís. Francisco pertenecía a una familia rica -su padre era comerciante de telas- y vivió una adolescencia y una juventud despreocupadas, cultivando los ideales caballerescos de su tiempo. A los veinte años tomó parte en una campaña militar y lo hicieron prisionero. Enfermó y fue liberado. A su regreso a Asís, comenzó en él un lento proceso de conversión espiritual que lo llevó a abandonar gradualmente el estilo de vida mundano que había practicado hasta entonces. Se remontan a este período los célebres episodios del encuentro con el leproso, al cual Francisco, bajando de su caballo, dio el beso de la paz, y del mensaje del Crucifijo en la iglesita de San Damián. Cristo en la cruz tomó vida en tres ocasiones y le dijo:  "Ve, Francisco, y repara mi Iglesia en ruinas". Este simple acontecimiento de escuchar la Palabra del Señor en la iglesia de san Damián esconde un simbolismo profundo. En su sentido inmediato san Francisco es llamado a reparar esta iglesita, pero el estado ruinoso de este edificio es símbolo de la situación dramática e inquietante de la Iglesia en aquel tiempo, con una fe superficial que no conforma y no transforma la vida, con un clero poco celoso, con el enfriamiento del amor; una destrucción interior de la Iglesia que conlleva también una descomposición de la unidad, con el nacimiento de movimientos heréticos. Sin embargo, en el centro de esta Iglesia en ruinas está el Crucifijo y habla:  llama a la renovación, llama a Francisco a un trabajo manual para reparar concretamente la iglesita de san Damián, símbolo de la llamada más profunda a renovar la Iglesia de Cristo, con su radicalidad de fe y con su entusiasmo de amor a Cristo. Este acontecimiento, que probablemente tuvo lugar en 1205, recuerda otro acontecimiento parecido que sucedió en 1207:  el sueño del Papa Inocencio iii, quien en sueños ve que la basílica de San Juan de Letrán, la iglesia madre de todas las iglesias, se está derrumbando y un religioso pequeño e insignificante sostiene con sus hombros la iglesia para que no se derrumbe. Es interesante observar, por una parte, que no es el Papa quien ayuda para que la iglesia no se derrumbe, sino un pequeño e insignificante religioso, que el Papa reconoce en Francisco cuando este lo visita. Inocencio iii era un Papa poderoso, de gran cultura teológica y gran poder político; sin embargo, no es él quien renueva la Iglesia, sino el pequeño e insignificante religioso:  es san Francisco, llamado por Dios. Pero, por otra parte, es importante observar que san Francisco no renueva la Iglesia sin el Papa o en contra de él, sino sólo en comunión con él. Las dos realidades van juntas:  el Sucesor de Pedro, los obispos, la Iglesia fundada en la sucesión de los Apóstoles y el carisma nuevo que el Espíritu Santo crea en ese momento para renovar la Iglesia. En la unidad crece la verdadera renovación.

Volvamos a la vida de san Francisco. Puesto que su padre Bernardone le reprochaba su excesiva generosidad con los pobres, Francisco, ante el obispo de Asís, con un gesto simbólico se despojó de sus vestidos, indicando así que renunciaba a la herencia paterna:  como en el momento de la creación, Francisco no tiene nada más que la vida que Dios le ha dado, a cuyas manos se entrega. Desde entonces vivió como un eremita, hasta que, en 1208, tuvo lugar otro acontecimiento fundamental en el itinerario de su conversión. Escuchando un pasaje del Evangelio de san Mateo -el discurso de Jesús a los Apóstoles enviados a la misión-, Francisco se sintió llamado a vivir en la pobreza y a dedicarse a la predicación. Otros compañeros se asociaron a él y en 1209 fue a Roma, para someter al Papa Inocencio iii el proyecto de una nueva forma de vida cristiana. Recibió una acogida paterna de aquel gran Pontífice, que, iluminado por el Señor, intuyó el origen divino del movimiento suscitado por Francisco. El "Poverello" de Asís había comprendido que todo carisma que da el Espíritu Santo hay que ponerlo al servicio del Cuerpo de Cristo, que es la Iglesia; por lo tanto, actuó siempre en plena comunión con la autoridad eclesiástica. En la vida de los santos no existe contraste entre carisma profético y carisma de gobierno y, si se crea alguna tensión, saben esperar con paciencia los tiempos del Espíritu Santo.

En realidad, en el siglo xix y también en el siglo pasado algunos historiadores intentaron crear detrás del Francisco de la tradición, lo que llamaban un Francisco histórico, de la misma manera que detrás del Jesús de los Evangelios se intenta crear lo que llaman el Jesús histórico. Ese Francisco histórico no habría sido un hombre de Iglesia, sino un hombre unido inmediatamente sólo a Cristo, un hombre que quería crear una renovación del pueblo de Dios, sin formas canónicas y sin jerarquía. La verdad es que san Francisco tuvo realmente una relación muy inmediata con Jesús y con la Palabra de Dios, que quería seguir sine glossa, tal como es, en toda su radicalidad y verdad. También es verdad que inicialmente no tenía la intención de crear una Orden con las formas canónicas necesarias, sino que, simplemente, con la Palabra de Dios y la presencia del Señor, quería renovar el pueblo de Dios, convocarlo de nuevo a escuchar la Palabra y a obedecer a Cristo. Además, sabía que Cristo nunca es "mío", sino que siempre es "nuestro"; que a Cristo no puedo tenerlo "yo" y reconstruir "yo" contra la Iglesia, su voluntad y sus enseñanzas; sino que sólo en la comunión de la Iglesia construida sobre la sucesión de los Apóstoles se renueva también la obediencia a la Palabra de Dios.

También es verdad que no tenía intención de crear una nueva Orden, sino solamente renovar el pueblo de Dios para el Señor que viene. Pero entendió con sufrimiento y con dolor que todo debe tener su orden, que también el derecho de la Iglesia es necesario para dar forma a la renovación y así en realidad se insertó totalmente, con el corazón, en la comunión de la Iglesia, con el Papa y con los obispos. Sabía asimismo que el centro de la Iglesia es la Eucaristía, donde el Cuerpo de Cristo y su Sangre se hacen presentes. A través del Sacerdocio, la Eucaristía es la Iglesia. Donde sacerdocio y Cristo y comunión de la Iglesia van juntos, sólo aquí habita también la Palabra de Dios. El verdadero Francisco histórico es el Francisco de la Iglesia y precisamente de este modo habla también a los no creyentes, a los creyentes de otras confesiones y religiones.

Francisco y sus frailes, cada vez más numerosos, se establecieron en "la Porziuncola", o iglesia de Santa María de los Ángeles, lugar sagrado por excelencia de la espiritualidad franciscana. También Clara, una joven de Asís, de familia noble, se unió a la escuela de Francisco. Así nació la Segunda Orden franciscana, la de las clarisas, otra experiencia destinada a dar insignes frutos de santidad en la Iglesia.
También el sucesor de Inocencio iii, el Papa Honorio iii, con su bula Cum dilecti de 1218 sostuvo el desarrollo singular de los primeros Frailes Menores, que iban abriendo sus misiones en distintos países de Europa, incluso en Marruecos. En 1219 Francisco obtuvo permiso para ir a Egipto a hablar con el sultán musulmán Melek-el-Kâmel, para predicar también allí el Evangelio de Jesús. Deseo subrayar este episodio de la vida de san Francisco, que tiene una gran actualidad. En una época en la cual existía un enfrentamiento entre el cristianismo y el islam, Francisco, armado voluntariamente sólo de su fe y de su mansedumbre personal, recorrió con eficacia el camino del diálogo. Las crónicas nos narran que el sultán musulmán le brindó una acogida benévola y un recibimiento cordial. Es un modelo en el que también hoy deberían inspirarse las relaciones entre cristianos y musulmanes:  promover un diálogo en la verdad, en el respeto recíproco y en la comprensión mutua (cf. Nostra aetate, 3). Parece ser que después, en 1220, Francisco visitó la Tierra Santa, plantando así una semilla que daría mucho fruto:  en efecto, sus hijos espirituales hicieron de los Lugares donde vivió Jesús un ámbito privilegiado de su misión. Hoy pienso con gratitud en los grandes méritos de la Custodia franciscana de Tierra Santa.

A su regreso a Italia, Francisco encomendó el gobierno de la Orden a su vicario, fray Pietro Cattani, mientras que el Papa encomendó la Orden, que recogía cada vez más adhesiones, a la protección del cardenal Ugolino, el futuro Sumo Pontífice Gregorio ix. Por su parte, el Fundador, completamente dedicado a la predicación, que llevaba a cabo con gran éxito, redactó una Regla, que fue aprobada más tarde por el Papa.
En 1224, en el eremitorio de la Verna, Francisco ve el Crucifijo en la forma de un serafín y en el encuentro con el serafín crucificado recibe los estigmas; así llega a ser uno con Cristo crucificado:  un don, por lo tanto, que expresa su íntima identificación con el Señor.

La muerte de Francisco -su transitus- aconteció la tarde del 3 de octubre de 1226, en "la Porziuncola". Después de bendecir a sus hijos espirituales, murió, recostado sobre la tierra desnuda. Dos años más tarde el Papa Gregorio ix lo inscribió en el catálogo de los santos. Poco tiempo después, en Asís se construyó una gran basílica en su honor, que todavía hoy es meta de numerosísimos peregrinos, que pueden venerar la tumba del santo y gozar de la visión de los frescos de Giotto, el pintor que ilustró de modo magnífico la vida de Francisco.

Se ha dicho que Francisco representa un alter Christus, era verdaderamente un icono vivo de Cristo. También fue denominado "el hermano de Jesús". De hecho, este era su ideal:  ser como Jesús; contemplar el Cristo del Evangelio, amarlo intensamente, imitar sus virtudes. En particular, quiso dar un valor fundamental a la pobreza interior y exterior, enseñándola también a sus hijos espirituales. La primera Bienaventuranza en el Sermón de la montaña -Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos (Mt 5, 3)- encontró una luminosa realización en la vida y en las palabras de san Francisco. Queridos amigos, los santos son realmente los mejores intérpretes de la Biblia; encarnando en su vida la Palabra de Dios, la hacen más atractiva que nunca, de manera que verdaderamente habla con nosotros. El testimonio de Francisco, que amó la pobreza para seguir a Cristo con entrega y libertad totales, sigue siendo también para nosotros una invitación a cultivar la pobreza interior para crecer en la confianza en Dios, uniendo asimismo un estilo de vida sobrio y un desprendimiento de los bienes materiales.

En Francisco el amor a Cristo se expresó de modo especial en la adoración del Santísimo Sacramento de la Eucaristía. En las Fuentes franciscanas se leen expresiones conmovedoras, como esta:  "¡Tiemble el hombre todo entero, estremézcase el mundo todo y exulte el cielo cuando Cristo, el Hijo de Dios vivo, se encuentra sobre el altar en manos del sacerdote! ¡Oh celsitud admirable y condescendencia asombrosa! ¡Oh sublime humildad, oh humilde sublimidad:  que el Señor del mundo universo, Dios e Hijo de Dios, se humilla hasta el punto de esconderse, para nuestra salvación, bajo una pequeña forma de pan!" (Francisco de Asís, Escritos, Editrici Francescane, Padua 2002, p. 401).

En este Año sacerdotal me complace recordar también una recomendación que Francisco dirigió a los sacerdotes:  "Siempre que quieran celebrar la misa ofrezcan purificados, con pureza y reverencia, el verdadero sacrificio del santísimo Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo" (ib., 399). Francisco siempre mostraba una gran deferencia hacia los sacerdotes, y recomendaba que se les respetara siempre, incluso en el caso de que personalmente fueran poco dignos. Como motivación de este profundo respeto señalaba el hecho de que han recibido el don de consagrar la Eucaristía. Queridos hermanos en el sacerdocio, no olvidemos nunca esta enseñanza:  la santidad de la Eucaristía nos pide ser puros, vivir de modo coherente con el Misterio que celebramos.

Del amor a Cristo nace el amor hacia las personas y también hacia todas las criaturas de Dios. Este es otro rasgo característico de la espiritualidad de Francisco:  el sentido de la fraternidad universal y el amor a la creación, que le inspiró el célebre Cántico de las criaturas. Es un mensaje muy actual. Como recordé en mi reciente encíclica Caritas in veritate, sólo es sostenible un desarrollo que respete la creación y que no perjudique el medio ambiente (cf. nn. 48-52), y en el Mensaje para la Jornada mundial de la paz de este año subrayé que también la construcción de una paz sólida está vinculada al respeto de la creación. Francisco nos recuerda que en la creación se despliega la sabiduría y la benevolencia del Creador. Él entiende la naturaleza como un lenguaje en el que Dios habla con nosotros, en el que la realidad se vuelve transparente y podemos hablar de Dios y con Dios.

Querido amigos, Francisco fue un gran santo y un hombre alegre. Su sencillez, su humildad, su fe, su amor a Cristo, su bondad con todo hombre y toda mujer lo hicieron alegre en cualquier situación. En efecto, entre la santidad y la alegría existe una relación íntima e indisoluble. Un escritor francés dijo que en el mundo sólo existe una tristeza:  la de no ser santos, es decir, no estar cerca de Dios. Mirando el testimonio de san Francisco, comprendemos que el secreto de la verdadera felicidad es precisamente:  llegar a ser santos, cercanos a Dios.

Que la Virgen, a la que Francisco amó tiernamente, nos obtenga este don. Nos encomendamos a ella con las mismas palabras del "Poverello" de Asís:  "Santa Virgen María, no ha nacido en el mundo entre las mujeres ninguna semejante a ti, hija y esclava del altísimo Rey sumo y Padre celestial, Madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo:  ruega por nosotros... ante tu santísimo Hijo amado, Señor y maestro" (Francisco de Asís, Escritos, 163).

 

La ley moral natural interpela la conciencia y la responsabilidad de los legisladores.

publicado a la‎(s)‎ 24 ene. 2010 6:45 por Tomás Moro   [ actualizado el 24 ene. 2010 6:57 ]

Discurso del Papa a los participantes en la asamblea plenaria de la Congregación para la doctrina de la fe
(©L'Osservatore Romano - 22 de enero de 2010)

La ley moral natural "no es exclusiva o predominantemente confesional", sino que se funda en la naturaleza humana; por eso "constituye así la base para entrar en diálogo con todos los hombres que buscan la verdad y, más en general, con la sociedad civil y secular". Lo reafirmó Benedicto XVI a los participantes en la asamblea plenaria de la Congregación para la doctrina de la fe, a quienes recibió en audiencia el viernes 15 de enero por la mañana en la sala Clementina. Al inicio del encuentro, el cardenal William Levada, prefecto de la Congregación, dirigió a Su Santidad unas palabras en las que, entre otras cosas, le presentó los temas tratados durante la asamblea. Ofrecemos el discurso del Santo Padre.
 
Señores cardenales, venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio, queridos fieles colaboradores: 

Es para mí motivo de gran alegría encontrarme con vosotros con ocasión de la sesión plenaria y manifestaros los sentimientos de profundo agradecimiento y de cordial aprecio por el trabajo que lleváis a cabo al servicio del Sucesor de Pedro en su ministerio de confirmar a los hermanos en la fe (cf. Lc 22, 32).

Agradezco al señor cardenal William Joseph Levada sus palabras de saludo, en las que ha recordado los temas de los que se ocupa actualmente la Congregación, así como las nuevas responsabilidades que el motu proprio "Ecclesiae Unitatem" le ha confiado, uniendo de modo estrecho al dicasterio la Comisión pontificia Ecclesia Dei.

Quisiera ahora detenerme brevemente en algunos aspectos que usted, señor cardenal, ha expuesto.

Ante todo, deseo subrayar que vuestra Congregación participa del ministerio de unidad, confiado de modo especial al Romano Pontífice, mediante su compromiso por la fidelidad doctrinal. De hecho, la unidad es en primer lugar unidad de fe, sostenida por el sagrado depósito, cuyo primer custodio y defensor es el Sucesor de Pedro. Confirmar a los hermanos en la fe, manteniéndolos unidos en la confesión de Cristo crucificado y resucitado, constituye para quien se sienta en la Cátedra de Pedro el deber primero y fundamental que Jesús le ha conferido. Es un servicio inderogable, del que depende la eficacia de la acción evangelizadora de la Iglesia hasta el final de los siglos.

El Obispo de Roma, de cuya potestas docendi participa vuestra Congregación, debe proclamar constantemente:  "Dominus Iesus", "Jesús es el Señor". La potestas docendi conlleva la obediencia a la fe, para que la Verdad, que es Cristo, siga resplandeciendo en su grandeza y resonando para todos los hombres en su integridad y pureza, de modo que haya un solo rebaño, reunido en torno al único Pastor.

Alcanzar el testimonio común de fe de todos los cristianos constituye, por tanto, la prioridad de la Iglesia de todos los tiempos, con el fin de llevar a todos los hombres al encuentro con Dios. Con este espíritu confío de modo especial en el compromiso del dicasterio para que se superen los problemas doctrinales que aún persisten, a fin de alcanzar la plena comunión con la Iglesia, por parte de la Fraternidad San Pío x.

Deseo, además, congratularme por el compromiso en favor de la plena integración en la vida de la Iglesia católica de personas y grupos de fieles, que antes pertenecían al anglicanismo, según cuanto se establece en la constitución apostólica Anglicanorum coetibus. La fiel adhesión de estos grupos a la verdad recibida de Cristo y propuesta por el Magisterio de la Iglesia no es, en modo alguno, contraria al movimiento ecuménico, sino que muestra su objetivo último, que consiste en alcanzar la comunión plena y visible de los discípulos del Señor.

En el valioso servicio que prestáis al Vicario de Cristo, quiero recordar también que la Congregación para la doctrina de la fe, en septiembre de 2008, publicó la Instrucción Dignitas personae sobre algunas cuestiones de bioética. Después de la encíclica Evangelium vitae del siervo de Dios Juan Pablo II en marzo de 1995, este documento doctrinal, centrado en el tema de la dignidad de la persona, creada en Cristo y por Cristo, representa un nuevo punto firme en el anuncio del Evangelio, en plena continuidad con la Instrucción Donum vitae, publicada por este dicasterio en febrero de 1987.
En temas tan delicados y actuales, como los que se refieren a la procreación y a las nuevas propuestas terapéuticas que conllevan la manipulación del embrión y del patrimonio genético humano, la Instrucción ha recordado que "el valor ético de la ciencia biomédica se mide tanto con referencia al respeto incondicional debido a cada ser humano, en todos los momentos de su existencia, como a la tutela de la especificidad de los actos personales que transmiten la vida" (Dignitas personae, n. 10). De este modo el Magisterio de la Iglesia pretende dar su contribución a la formación de la conciencia, no sólo de los creyentes, sino de cuantos buscan la verdad y aceptan argumentaciones que proceden de la fe, pero también de la propia razón. La Iglesia, al proponer valoraciones morales para la investigación biomédica sobre la vida humana, se vale de la luz tanto de la razón como de la fe (cf. ib., n. 3), pues tiene la convicción de que "la fe no sólo acoge y respeta lo que es humano, sino que también lo purifica, lo eleva y lo perfecciona" (ib., n. 7).

En este contexto se da también una respuesta a la mentalidad generalizada según la cual la fe se presenta como obstáculo a la libertad y a la investigación científica, porque estaría constituida por un conjunto de prejuicios que viciarían la comprensión objetiva de la realidad. Frente a esta postura, que tiende a sustituir la verdad con el consenso, frágil y fácilmente manipulable, la fe cristiana da en cambio una contribución verdadera también en el ámbito ético-filosófico, no proporcionando soluciones ya preparadas a problemas concretos, como la investigación y la experimentación biomédica, sino proponiendo perspectivas morales fiables dentro de las cuales la razón humana puede buscar y encontrar soluciones válidas.

Hay, de hecho, determinados contenidos de la revelación cristiana que arrojan luz sobre las cuestiones bioéticas:  el valor de la vida humana, la dimensión relacional y social de la persona, la conexión entre los aspectos unitivo y procreativo de la sexualidad, la centralidad de la familia fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer. Estos contenidos, inscritos en el corazón del hombre, también son comprensibles racionalmente como elementos de la ley moral natural y pueden hallar acogida también entre quienes no se reconocen en la fe cristiana.

La ley moral natural no es exclusiva o predominantemente confesional, aunque la Revelación cristiana y la realización del hombre en el misterio de Cristo  ilumine  y desarrolle en plenitud su doctrina. Como afirma el Catecismo de la Iglesia católica, la ley moral natural "indica los preceptos primeros y esenciales que rigen la vida moral" (n. 1955). Fundada en la naturaleza humana misma y accesible a toda criatura racional, constituye así la base para entrar en diálogo con todos los hombres que buscan la verdad y, más en general, con la sociedad civil y secular. Esta ley, inscrita en el corazón de cada hombre, toca uno de los nudos esenciales de la reflexión misma sobre el derecho e interpela igualmente la conciencia y la responsabilidad de los legisladores.

A la vez que os animo a proseguir vuestro comprometedor e importante servicio, deseo expresaros también en esta circunstancia mi cercanía espiritual, impartiéndoos de corazón a todos, como prenda de afecto y gratitud, la bendición apostólica.
 

Defensa de la Creación. Claves del discurso al cuerpo diplomático.

publicado a la‎(s)‎ 11 ene. 2010 11:29 por Tomás Moro

CIUDAD DEL VATICANO, 11 ENE 2010.-Esta mañana, en la Sala Regia del Palacio Apostólico Vaticano, Benedicto XVI pronunció su discurso anual a los miembros del Cuerpo Diplomático acreditado ante la Santa Sede. El Papa recibió las felicitaciones de todos los embajadores, a través del decano del Cuerpo, el Embajador Alejandro Emilio Valladares Lanza, de Honduras.

Actualmente la Santa Sede tiene relaciones diplomáticas plenas con 178 países, a los que hay que añadir la Unión Europea y la Soberana Orden Militar de Malta y una misión con carácter especial: la Oficina de la Organización para la Liberación de Palestina.

Por lo que se refiere a las Organizaciones Internacionales, la Santa Sede está presente en la ONU en calidad de "Estado observador" y es además miembro de 7 Organizaciones o Agencias del Sistema ONU, observador en otras 8 y miembro u observador en 5 Organizaciones regionales.

Siguen amplios extractos del discurso del Santo Padre:

"En Navidad, hemos contemplado el misterio de Dios y el de la creación: por el anuncio de los ángeles a los pastores hemos conocido la buena nueva de la salvación del hombre y de la renovación de todo el universo. Por eso, en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz de ese año, he invitado a todas las personas de buena voluntad, a las que los ángeles prometieron precisamente la paz, a proteger la creación."

"El Sucesor de Pedro tiene su puerta abierta a todos y desea establecer con todos relaciones que contribuyan al progreso de la familia humana. Desde hace algunas semanas, se han establecido plenas relaciones diplomáticas entre la Santa Sede y la Federación Rusa, y esto es un motivo de profunda satisfacción. Ha sido también muy significativa la visita que me ha hecho recientemente el Presidente de la República Socialista de Vietnam, país que siento muy cercano, donde la Iglesia celebra su presencia multisecular con un Año Jubilar. Con este espíritu de apertura, he recibido durante el año 2009 a numerosas personalidades políticas de diversos países; he visitado algunos de ellos y me propongo continuar haciéndolo en el futuro, en la medida de lo posible".

"La Iglesia está abierta a todos porque, en Dios, ella existe para los demás. Ella, por tanto, comparte intensamente la suerte de la humanidad que, en este año apenas comenzado, aparece todavía marcada por la crisis dramática que ha golpeado la economía mundial, provocando una grave y vasta inestabilidad social. En la Encíclica "Caritas in veritate", he invitado a buscar las raíces profundas de esta situación, que se encuentran, a fin de cuentas, en la vigente mentalidad egoísta y materialista, que no tiene en cuenta los límites inherentes a toda criatura. Quisiera subrayar hoy que dicha mentalidad amenaza también a la creación".

"Cada uno de nosotros podría citar, probablemente, algún ejemplo de los daños que ella produce en el medio ambiente en todas las partes del mundo. Cito uno, entre tantos otros, de la historia reciente de Europa: hace veinte años, cuando cayó el muro de Berlín y se derrumbaron los regímenes materialistas y ateos que habían dominado durante varios decenios una parte de este continente, ¿acaso no fue posible calcular el alcance de las profundas heridas que un sistema económico carente de referencias fundadas en la verdad del hombre había infligido, no sólo a la dignidad y a la libertad de las personas y de los pueblos, sino también a la naturaleza, con la contaminación de la tierra, las aguas y el aire?".

"La negación de Dios desfigura la libertad de la persona humana, y devasta también la creación. Por consiguiente, la salvaguardia de la creación no responde primariamente a una exigencia estética, sino más bien a una exigencia moral, puesto que la naturaleza manifiesta un designio de amor y de verdad que nos precede y que viene de Dios".

"Comparto la gran preocupación que causa la resistencia de orden económico y político a la lucha contra el deterioro del ambiente. Se trata de dificultades que se han podido constatar aun recientemente, durante la XV Sesión de la Conferencia de las Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático, que tuvo lugar en Copenhague del 7 al 18 de diciembre pasado. Espero que a lo largo de este año, primero en Bonn y después en México, sea posible llegar a un acuerdo para afrontar esta cuestión de un modo eficaz. Se trata de algo muy importante puesto que lo que está en juego es el destino mismo de algunas naciones, en particular ciertos Estados insulares".

"Sin embargo, conviene que esta atención y compromiso por el ambiente esté bien establecido en el conjunto de los grandes desafíos a los que se enfrenta la humanidad. Si se quiere construir una paz verdadera, ¿cómo se puede separar, o incluso oponer, la protección del ambiente y la de la vida humana, comprendida la vida antes del nacimiento? En el respeto de la persona humana hacia ella misma es donde se manifiesta su sentido de responsabilidad por la creación".

"Quisiera subrayar, además, que la salvaguardia de la creación implica una gestión correcta de los recursos naturales de los países y, en primer lugar, de los más desfavorecidos económicamente (...) Por otra parte, ¿cómo olvidar que la lucha por acceder a los recursos naturales es una de las causas de numerosos conflictos, particularmente en África, así como una fuente de riesgo permanente en otros casos?"

"Repito con firmeza que, para cultivar la paz, hay que proteger la creación. Además, hay todavía extensas zonas, por ejemplo en Afganistán o en ciertos países de Latinoamérica, donde la agricultura, lamentablemente relacionada todavía con la producción de droga, es una fuente nada despreciable de empleo y subsistencia. Si se quiere la paz, hay que preservar la creación mediante la reconversión de dichas actividades y, una vez más, quisiera pedir a la comunidad internacional que no se resigne al tráfico de drogas y a los graves problemas morales y sociales que esto produce".

"La protección de la creación es un factor importante de paz y justicia. Entre los numerosos retos que esta protección plantea, uno de los más graves es el del aumento de los gastos militares, así como el del mantenimiento y desarrollo de los arsenales nucleares. Este objetivo absorbe ingentes recursos económicos que podrían ser destinados al desarrollo de los pueblos, sobre todo de los más pobres. En este sentido, espero firmemente que, en la Conferencia de examen del Tratado de no proliferación de armas nucleares, que tendrá lugar el próximo mes de mayo en Nueva York, se tomen decisiones eficaces con vistas a un desarme progresivo, que tienda a liberar el planeta de armas nucleares".

"En general, deploro que la producción y la exportación de armas contribuya a perpetuar conflictos y violencias, como en Darfur, Somalia o en la República Democrática del Congo. A la incapacidad de las partes directamente implicadas para evitar la espiral de violencia y dolor producida por estos conflictos, se añade la aparente impotencia de otros países y Organizaciones internacionales para restablecer la paz, sin contar la indiferencia casi resignada de la opinión pública mundial (...) Asimismo, se ha de mencionar el terrorismo, que pone en peligro muchas vidas inocentes y causa una difusa ansiedad".

"Las graves violencias que acabo de evocar, unidas a las plagas de la pobreza y el hambre, así como a las catástrofes naturales y a la destrucción del medio ambiente, hacen que aumente el número de quienes abandonan sus propias tierras (...) Quisiera referirme aquí, en particular, a los cristianos de Oriente Medio. Amenazados de muchos modos, incluso en el ejercicio de su libertad religiosa, dejan la tierra de sus padres, donde creció la Iglesia de los primeros siglos. Con el fin de darles apoyo y hacerles sentir la cercanía de sus hermanos en la fe, he convocado para el próximo otoño una Asamblea especial del Sínodo de Obispos sobre Oriente Medio".

"Lamentablemente, en ciertos países, sobre todo occidentales, se difunde en ámbitos políticos y culturales, así como en los medios de comunicación social, un sentimiento de escasa consideración y a veces de hostilidad, por no decir de menosprecio, hacia la religión, en particular la religión cristiana. Es evidente que si se considera el relativismo como un elemento constitutivo esencial de la democracia se corre el riesgo de concebir la laicidad sólo en términos de exclusión o, más exactamente, de rechazo de la importancia social del hecho religioso. Dicho planteamiento, sin embargo, crea confrontación y división, hiere la paz, perturba la ecología humana y, rechazando por principio actitudes diferentes a la suya, se convierte en un callejón sin salida. Es urgente, por tanto, definir una laicidad positiva, abierta, y que, fundada en una justa autonomía del orden temporal y del orden espiritual, favorezca una sana colaboración y un espíritu de responsabilidad compartida".

"(...) Formulo mis votos para que Europa, en la construcción de su porvenir, encuentre continua inspiración en las fuentes de su propia identidad cristiana. Ésta, como ya afirmé en mi viaje apostólico a la República Checa el pasado mes de septiembre, tiene un papel insustituible "para la formación de la conciencia de cada generación y para la promoción de un consenso ético de fondo, al servicio de toda persona que a este continente lo llama "mi casa".

"Continuando con nuestra reflexión, es preciso señalar la complejidad del problema del medio ambiente. Se podría decir que se trata de un prisma con muchas caras. (...) Las criaturas son diferentes unas de otras y, como nos muestra la experiencia cotidiana, se pueden proteger o, por el contrario, poner en peligro de muchas maneras. Uno de estos ataques proviene de leyes o proyectos que, en nombre de la lucha contra la discriminación, atentan contra el fundamento biológico de la diferencia entre los sexos. Me refiero, por ejemplo, a países europeos o del continente americano. (...) Pero la libertad no puede ser absoluta, ya que el hombre no es Dios, sino imagen de Dios, su criatura. Para el hombre, el rumbo a seguir no puede ser fijado por la arbitrariedad o el deseo, sino que debe más bien consistir en la correspondencia con la estructura querida por el Creador".

"La salvaguardia de la creación comporta también otros desafíos, a los que solamente se puede responder a través de la solidaridad internacional. Pienso en las catástrofes naturales que a lo largo del año pasado han sembrado muerte, sufrimiento y destrucción en Filipinas, Vietnam, Laos, Camboya y en la Isla de Taiwán. ¿Cómo no recordar también Indonesia y, muy cerca de nosotros, la región de los Abruzos, golpeadas por devastadores temblores de tierra?".

"Pero la salvaguardia de la creación, además de solidaridad, requiere también la concordia y estabilidad de los Estados. Cuando surgen divergencias y hostilidades entre ellos, para defender la paz, deben perseguir con tenacidad la vía de un diálogo constructivo. Esto es lo que sucedió hace 25 años con el Tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile, concluido gracias a la mediación de la Sede Apostólica y del que se derivaron abundantes frutos de colaboración y prosperidad que, en cierta manera, beneficiaron a toda Latinoamérica".

"Más cerca de aquí, me alegro por el entendimiento logrado entre Croacia y Eslovenia a propósito del arbitraje relativo a sus fronteras marítimas y terrestres. Me alegro asimismo por el Acuerdo entre Armenia y Turquía con vistas a la reanudación de las relaciones diplomáticas y deseo también que a través del diálogo se mejoren las relaciones entre todos los países del Cáucaso meridional".

"Durante mi peregrinación a Tierra Santa, hice un llamamiento acuciante a Israelíes y Palestinos a dialogar y respetar los derechos del otro. Una vez más, alzo mi voz para que el derecho a la existencia del Estado de Israel sea reconocido por todos, así como a gozar de paz y seguridad en las fronteras reconocidas internacionalmente. Asimismo, que el pueblo palestino vea reconocido su derecho a una patria soberana e independiente, a vivir con dignidad y a desplazarse libremente. Quisiera, además, pedir el apoyo de todos para que sean protegidos la identidad y el carácter sagrado de Jerusalén, cuya herencia cultural y religiosa tiene un valor universal. Sólo así, esta ciudad única, santa y atormentada, podrá ser signo y anticipo de la paz que Dios desea para toda la familia humana".

"Por amor al diálogo y a la paz, que salvaguardan la creación, exhorto a los gobernantes y ciudadanos de Irak a superar las divisiones, la tentación de la violencia e intolerancia, para construir juntos el futuro de su país. Las comunidades cristianas quieren también ofrecer su aportación, pero para ello es necesario que se les asegure respeto, seguridad y libertad. Pakistán ha sido también golpeado duramente por la violencia en los últimos meses y ciertos episodios han afectado directamente a la minoría cristiana. Pido que se haga todo lo posible para que dichas agresiones no se vuelvan a repetir y que los cristianos puedan sentirse plenamente integrados en la vida de su país".

"Por otra parte, a propósito de la violencia contra los cristianos, no puedo dejar de mencionar el deplorable atentado que en los últimos días ha sufrido la comunidad copta egipcia, precisamente cuando celebraba la fiesta de Navidad. En cuanto a Irán, espero que, a través del diálogo y la colaboración, se encuentren soluciones comunes tanto a nivel nacional como en el ámbito internacional. Deseo que el Líbano, que ha superado una larga crisis política, continúe por la vía de la concordia. Espero que Honduras, después de un tiempo de incertidumbre y agitación, se encamine hacia la recuperación de la normalidad política y social. Deseo que, con la ayuda desinteresada y efectiva de la comunidad internacional, suceda lo mismo en Guinea y Madagascar".


"Fijando mis ojos en Cristo, exhorto a toda persona de buena voluntad a trabajar con confianza y generosidad por la dignidad y la libertad del hombre. Que la luz y la fuerza de Jesús nos ayuden a respetar la ecología humana, conscientes de que la ecología medioambiental se beneficiará también de ello, ya que el libro de la naturaleza es único e indivisible. De esta manera, podremos consolidar la paz, hoy y para las generaciones venideras".

Fuente: VIS 100111 (2360)

Sintonía entre razón y fe, ciencia y revelación

publicado a la‎(s)‎ 8 ene. 2010 7:56 por Tomás Moro

Ciudad del Vaticano, 6 de enero de 2010.

 
Después de la misa celebrada esta mañana en la basílica vaticana, el Papa se asomó al mediodía a la ventana de su estudio que da a la Plaza de San Pedro para rezar el Ángelus con miles de personas allí congregadas.

Recordando que hoy celebramos "la gran fiesta de la Epifanía, el misterio de la Manifestación del Señor a todas las gentes, representadas por los Magos, venidos de Oriente para adorar al Rey de los Judíos", el Santo Padre dijo que "la estrella y las Sagradas Escrituras fueron las dos luces que guiaron el camino de los Magos, los cuales aparecen como modelos de los auténticos buscadores de la verdad".

Los Magos, continuó, "eran hombres de ciencia en un sentido amplio, que observaban el cosmos considerándolo casi un gran libro lleno de signos y de mensajes divinos para el hombre. Su saber, por tanto, lejos de considerarse autosuficiente, estaba abierto a ulteriores revelaciones y llamadas divinas".

Benedicto XVI subrayó que "el itinerario de búsqueda culminó cuando se encontraron ante "el niño con María su madre". Dice el Evangelio que "postrándose le adoraron". Podrían haberse quedado desilusionados, es más, escandalizados. En cambio, como verdaderos sabios, se abrieron al misterio que se manifiesta de modo sorprendente; y con sus dones simbólicos demostraron que reconocían en Jesús al Rey y al Hijo de Dios. Precisamente en ese gesto se cumplen los oráculos mesiánicos que anuncian el homenaje de las naciones al Dios de Israel".

"Un último detalle confirma, en los Magos, la unidad entre inteligencia y fe: es el hecho de que "después de recibir en sueños aviso de no volver a Herodes, regresaron a su país por otro camino". Hubiera sido natural volver a Jerusalén, al palacio de Herodes y al Templo, para proclamar su descubrimiento. En cambio, los Magos, que han elegido como su soberano al Niño, lo custodian según el estilo de María, o mejor, de Dios mismo, y tal y como habían aparecido, desaparecieron en el silencio, satisfechos, pero también cambiados tras el encuentro con la Verdad. Habían descubierto un nuevo rostro de Dios, una nueva realeza: la del amor".

El Papa pidió a la Virgen María, "modelo de verdadera sabiduría, que nos ayude a ser auténticos buscadores de la verdad de Dios, capaces de vivir siempre la profunda sintonía que hay entre razón y fe, entre ciencia y revelación".



Fuente: VIS 100107 (540)

Los valores cristianos siguen modelando la civilización europea.‎‏‎‎‎‎‎‎‎‏‎‎‏‏‎‎‎‎‏‎‎‏‎‎‎‏‏‏‏‏‏‏‏‏‎‏‎‏‎‎‏‎‎‏‎‎‏‎‎‏‏‏‎‎‏‎‎‎‏‏‎‎‏‎‏‏‎‎‏‏‎‏‏‎‎‎‏‎‏‏‏‎‎‏‏‏‎‏‏‎‎‏‎‏‎‏‎‎‏‎

publicado a la‎(s)‎ 1 ene. 2010 16:59 por Tomás Moro   [ actualizado el 1 ene. 2010 17:00 ]

CIUDAD DEL VATICANO, 19 OCT 2009 .-El Santo Padre recibió esta mañana al jefe de la delegación de la Comisión de las Comunidades Europeas ante la Santa Sede, Yves Gazzo, con motivo de la presentación de las cartas credenciales.

En su discurso, el Papa se refirió a los valores de la Unión Europea, que "son fruto -dijo- de una larga y sinuosa historia en la que, no se puede negar, el cristianismo ha jugado un papel primordial. La igual dignidad de todos los seres humanos, la libertad del acto de fe como raíz de todas las demás libertades cívicas, la paz como elemento decisivo del bien común, el desarrollo humano -intelectual, social y económico- como vocación divina y el sentido de la historia que deriva de ello son tantos elementos centrales de la revelación cristiana que siguen modelando la civilización europea".

"Cuando la Iglesia recuerda las raíces cristianas de Europa -continuó- no busca un estatuto privilegiado para ella. Quiere hacer uso de la memoria histórica, recordando en primer lugar una verdad -que cada vez pasa más en silencio-: la inspiración decisivamente cristiana de los padres fundadores de la Unión europea". Asimismo, "desea manifestar que el surco de valores proviene principalmente del patrimonio cristiano, que lo sigue alimentando todavía hoy".

El Santo Padre afirmó que "estos valores comunes no son un conglomerado anárquico o aleatorio, sino que forman un conjunto coherente que se ordena y se articula, históricamente, a partir de una visión antropológica precisa".

El Papa advirtió del riesgo de que esos valores fuesen "manipulados por individuos y grupos de presión deseosos de hacer valer sus intereses particulares en detrimento de un ambicioso proyecto colectivo, que los europeos esperan, cuyo objetivo es el bien común de los habitantes del Continente y de todo el mundo".

"Es importante -subrayó- que Europa no deje que su modelo de civilización se deshilache, hilo a hilo. Su generosidad original no debe ser sofocada por el individualismo o el utilitarismo. Las inmensas riquezas intelectuales, culturales, económicas del continente seguirán fructificando siempre que sean fecundadas por la visión trascendental de la persona humana, que constituye el tesoro más grande de la herencia europea".

"Se trata principalmente de la búsqueda del justo y delicado equilibrio entre la eficacia económica y las exigencias sociales, la salvaguardia del ambiente y sobre todo del sostén indispensable y necesario a la vida humana desde su concepción hasta la muerte natural y a la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer".

Europa no será realmente ella misma, observó el Santo Padre, "si no conserva la originalidad que constituye su grandeza y que puede hacer de ella, el día de mañana, una de los principales protagonistas en la promoción del desarrollo integral de las personas, que la Iglesia católica considera como el único camino capaz de poner remedio a los desequilibrios que presenta nuestro mundo".

Benedicto XVI aseguró al representante de la Santa Sede que "sigue con respeto y gran atención la actividad de las instituciones europeas y espera que éstas, con su trabajo y su creatividad, honren a Europa, que más que un continente es "una casa espiritual".

"La Iglesia -concluyó- quiere "acompañar" la construcción de la Unión europea. Por eso se permite recordarle cuáles son los valores fundadores y constitutivos de la sociedad europea, para que se promuevan para el bien de todos".

Fuente: VIS 09/10/2009 (560)

Benedicto XVI a la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales: "Los derechos humanos están enraizados en una participación de Dios, que ha creado a cada ser humano con inteligencia y libertad. Si esta sólida base ética y política se ignora, los derechos humanos se debilitan” .

publicado a la‎(s)‎ 1 ene. 2010 16:59 por Tomás Moro

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - “La ley natural es una guía universal reconocible por todos, sobre la base de que todo el mundo puede comprender y amar recíprocamente a los demás. Los Derechos Humanos, por tanto, están en última instancia enraizados en una participación de Dios, que ha creado a cada ser humano con inteligencia y libertad. Si esta sólida base ética y política se ignora, los derechos humanos se debilitan ya que han sido privados de sus fundamentos. La acción de la Iglesia en la promoción de los derechos humanos se apoya por tanto en la reflexión racional, como una forma en que estos derechos pueden ser presentados a toda persona de buena voluntad, independientemente de la afiliación religiosa que pueda tener”. Lo ha recordado el Santo Padre Benedicto XVI a los participantes en la asamblea plenaria de la Pontificia Academia de las Ciencias Sociales, recibidos en audiencia el 4 de mayo.

Después de haber subrayado la elección de la academia de volver, por medio de esta Asamblea plenaria, "a la cuestión central de la dignidad de la persona humana y de los derechos humanos", el Santo Padre ha continuado: "La Iglesia siempre ha afirmado que los derechos fundamentales, por encima y más allá de las diferentes formas en que han sido formulados y los diferentes grados de importancia que hayan tenido en los diversos contextos culturales, deben ser mantenidos y concedido el reconocimiento universal porque son inherentes a la naturaleza misma del hombre, que ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Si todos los seres humanos han sido creados a imagen y semejanza de Dios, comparten en consecuencia una naturaleza común que los une y que reclama el respeto universal”.
Recorriendo a grandes rasgos los últimos períodos de la historia del hombre, siempre contraseñada por una creciente conciencia de los derechos humanos en cuánto tales y de su universalidad, Benedicto XVI ha observado que "los Derechos Humanos se convirtieron en el punto de referencia de un ethos universal compartido - por lo menos a nivel de aspiración- para la mayor parte de la humanidad. Estos derechos han sido ratificados por prácticamente todos los Estados del mundo. El Concilio Vaticano II, en la Declaración Dignitatis Humanae, así como mis predecesores Pablo VI y Juan Pablo II, se refirieron fuertemente al derecho a la vida y al derechos de libertad de conciencia y religión como el centro de esos derechos que brotan de la propia naturaleza humana”.

Aun no siendo en sentido estricto "verdades de fe", los derechos humanos “reciben ulterior confirmación de la fe" ha subrayado el Santo Padre, quien ha continuado: " está claro a la razón que, viviendo y actuando en el mundo físico como seres espirituales, hombres y mujeres perciben la presencia de un logos que les permite distinguir no sólo entre lo verdadero y lo falso, sino también entre el bien y el mal, entre lo mejor y lo peor, entre la justicia y la injusticia. Esta capacidad de discernir -esta actuación radical- hace a toda persona capaz de aprehender la "ley natural", que no es otra cosa que una participación en la ley eterna”.

El Pontífice ha recordado a continuación que en sus encíclicas observa que "la razón humana debe ser constantemente purificada por la fe, en la medida en que está siempre en peligro de una cierta ceguera ética causada por las pasiones desordenadas y el pecado; y, por otra parte, en la medida en que los derechos humanos necesitan ser reapropiados de nuevo por cada generación y por cada individuo, y en la medida en que la libertad humana - que progresa a través de la sucesión de elecciones libres- siempre es frágil, la persona humana necesita el amor y la esperanza incondicionales que sólo pueden encontrarse en Dios y que llevan a participar en la justicia y la generosidad de Dios a los demás". Esta perspectiva llama la atención sobre algunos de los más graves problemas sociales de las últimas décadas y sobre la creciente conciencia "de un contraste estridente entre la atribución equitativa de los derechos y el acceso desigual a los medios para lograr esos derechos". Benedicto XVI ha definido por último como "una tragedia vergonzosa" el hecho de que una quinta parte de la humanidad sufra el todavía hambre, llamando a todos los responsables internacionales a colaborar "respetando el derecho natural y promoviendo la solidaridad y la subsidiariedad con las regiones y pueblos más débiles del planeta, como estrategia más eficaz para eliminar las desigualdades sociales entre países y sociedades y para aumentar seguridad global”.

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